Iván Hildebrandt es arquitecto y parte de la segunda generación al mando de una oficina que ha sido pionera en el diseño de infraestructura hospitalaria en Chile. Con más de veinte años de experiencia en el rubro, ha liderado proyectos de alta complejidad técnica, manteniendo una visión centrada en el bienestar de las personas. Su trabajo se distingue por un enfoque profundamente humano, con una fuerte vocación hacia la sustentabilidad, el desarrollo técnico riguroso y el uso pionero de tecnología BIM. En esta entrevista, Iván comparte su trayectoria, su filosofía de diseño y los desafíos que enfrenta la arquitectura en salud.

¿Cómo llegaste a especializarte en este rubro?
Soy arquitecto y he dedicado toda mi trayectoria al desarrollo de proyectos de infraestructura de salud. Llegué a este rubro de forma natural. Arribé a Chile a los tres años; mi padre, también arquitecto, se había especializado en arquitectura hospitalaria mientras vivía en Alemania. Desde entonces, siempre estuve cerca de su trabajo. Crecí en casa junto a su oficina, así que desde niño pasaba dibujando y jugando allí. Así me fui involucrando, y cuando comencé a ejercer, continuar con él fue lo más lógico. Ya son más de veinte años dedicados al ámbito de la salud.
¿Cómo definirías tu estilo, el sello que le ponen a los proyectos en esta oficina?
En general, no me gusta hablar de estilo, siento que le quita un poco de libertad a la arquitectura. Cada proyecto es distinto, y uno se enfrenta de forma diferente a cada encargo. Pero si tuviera que identificar un común denominador, diría que siempre hemos coincidido en que esta oficina se caracteriza por tres pilares fundamentales.
El primero es la sustentabilidad. Todos nuestros proyectos, tengan o no certificación de eficiencia energética, los desarrollamos siempre con una mirada sustentable, porque creemos que es una responsabilidad inherente a nuestra labor como arquitectos.
El segundo pilar tiene que ver con la alta complejidad. Nos dedicamos principalmente a proyectos de salud, que dentro del mundo de la arquitectura, están entre los más complejos. Esto exige un alto nivel de detalle técnico en el desarrollo, lo que implica un trabajo profundo de coordinación con los distintos equipos de ingeniería. Como arquitectos, asumimos un rol similar al de directores de orquesta: articulamos y guiamos todo ese engranaje para que el proyecto funcione de forma integral, tanto en diseño como en ejecución.
El tercer pilar es el uso de la metodología BIM. Hoy es una tecnología ampliamente difundida, pero nosotros comenzamos a trabajar con ella hace 15 años, cuando recién surgía como concepto. Desde entonces, hemos acumulado un bagaje muy sólido y, actualmente, el 100% de los proyectos que desarrollamos en la oficina se ejecutan en BIM.

¿Cuál consideras que ha sido el proyecto más representativo de tu carrera?
El proyecto más representativo —y quizás al que más cariño le tengo— es el Hospital de Hanga Roa. Es un encargo muy especial, porque de alguna manera yo lo salí a buscar. Supe que se iba a desarrollar un hospital en la Isla de Pascua, así que me embarqué en el buque Aquiles de la Armada y viajé durante una semana hasta la isla.
Ese viaje me permitió conocer de cerca la cultura Rapa Nui, entender el territorio, su gente y su cosmovisión. Gracias a esa inmersión, cuando se abrió la licitación y logramos adjudicarnos el proyecto, ya estábamos profundamente conectados con lo que significaba diseñar un hospital intercultural y energéticamente eficiente para la comunidad local.
Es, sin duda, un proyecto al que le tengo un cariño muy especial.


¿Qué es lo más desafiante de trabajar en proyectos de salud?
Lo más desafiante es estar permanentemente buscando nuevas formas de enfrentar este tipo de arquitectura. Los proyectos de salud tienen una alta complejidad técnica, pero también debemos recordar que diseñamos para pacientes y personal clínico, personas que muchas veces no están en su mejor momento. Por eso, la experiencia arquitectónica debe contribuir a su recuperación. Para lograrlo, es necesario investigar, observar y repensar constantemente. En ese sentido, la labor de Aarqhos es clave, ya que allí se generan espacios de reflexión e innovación para mejorar la arquitectura hospitalaria.
¿Qué errores comunes se cometen en este tipo de proyectos y cómo evitarlos?
Creo que hay dos errores recurrentes en los proyectos de salud que merecen especial atención y sobre los que deberíamos trabajar con más profundidad.
El primero tiene que ver con la elección del sitio. En estos proyectos, garantizar la continuidad operativa es fundamental: los hospitales deben seguir funcionando incluso en medio de una catástrofe, porque son el lugar donde se recibe a los heridos y a quienes requieren atención urgente cuando todo lo demás falla.
Para lograr esa continuidad, la medida más importante es el emplazamiento adecuado. Un hospital verdaderamente resiliente es, ante todo, un hospital bien ubicado. Luego pueden sumarse otras estrategias: tecnología, preparación del personal, calidad constructiva, entre otras. Pero si el lugar no es seguro, todo lo demás pierde fuerza.
Y ahí es donde, muchas veces, se pierde el foco. Si bien existen criterios establecidos para elegir un terreno —como el precio o la cercanía con la población a atender—, en muchos casos se opta por ubicaciones que no son las más idóneas. Se prioriza la accesibilidad inmediata por sobre la seguridad estructural. Y eso es un gran error. Un hospital no es mejor por estar al lado de tu casa: es mejor si, cuando realmente lo necesitas, está operativo y disponible para atenderte.
El segundo error tiene que ver con los programas médicos-arquitectónicos. Muchas veces, estos programas vienen condicionados por estudios preinversionales y aprobaciones del Ministerio de Desarrollo Social. Pero quienes estamos involucrados en el diseño y desarrollo detallado, vemos con frecuencia que esos programas se quedan cortos: tanto en recintos técnicos como en áreas de circulación.
A menudo, se nos impone una especie de “camisa de fuerza” que limita el proyecto a cierta cantidad de metros cuadrados. Pero en vez de enfocarnos en no sobrepasar ese límite, deberíamos enfocarnos en que el hospital quede realmente bien resuelto. Y si eso requiere algunos metros más, debiera permitirse con flexibilidad. Esa rigidez, que parece menor, puede marcar la diferencia entre un hospital funcional y uno con falencias evitables. Un poco más de flexibilidad contribuiría enormemente a mejorar la calidad de los proyectos de salud.

¿Qué consejo le darías a un arquitecto que está empezando su carrera?
Se me ocurren varios consejos, pero hay uno que me parece clave: más que preocuparse por encontrar una “buena pega”, los jóvenes deberían enfocarse en encontrar un buen jefe. Alguien de quien realmente puedan aprender. Muchas veces, el error está en priorizar una pega entretenida, donde paguen más, o que se vea atractiva superficialmente. Pero no se dan cuenta de que el verdadero aprendizaje profesional recién comienza cuando sales de la universidad.
La universidad entrega una base, pero es corta. El desarrollo real de tu carrera depende muchísimo del lugar donde trabajas y de quién te guía. Si tienes un buen jefe, alguien que te enseña y te desafía, eso vale muchísimo más que un sueldo alto al comienzo.
Por eso, mi principal consejo es saber reconocer cuándo estás en un lugar donde puedes aprender mucho. Si es así, aprovéchalo al máximo. Puedes ir saltando de pega en pega buscando “la mejor oportunidad”, pero a veces es mejor quedarse cinco años “trabajando como chino” si te das cuenta de que estás recibiendo más valor del que te pagan. Al principio, hay que enfocarse en aprender más, no en ganar más. Y creo que ahí es donde muchos jóvenes se pierden: no logran dimensionar eso porque, claro, cuando uno recién sale de la universidad, piensa que ya se las sabe todas.

¿Qué valoras al elegir a los proveedores o aliados que te acompañan en tus proyectos?
Valoro mucho el acompañamiento técnico en los proyectos. Para mí, los mejores proveedores no son los que solo te muestran las bondades de un producto, sino los que entienden y te ofrecen una solución completa, desde el contexto en el que se va a aplicar.
Por ejemplo, si el producto requiere cierto tipo de sustrato, deberían ayudarte a considerar esa base desde el inicio. Si se necesita un sistema de montaje específico, deberían ofrecer también esa solución, con los equipos adecuados. No se trata de venderte solo una “plaquita fenólica”, sino todo lo que hay detrás: cómo se instala, cómo se integra y cómo funciona en el sistema completo.
Eso es lo que realmente valoro: proveedores que entienden el proyecto como un todo y no solo su parte. Las soluciones globales son las que marcan la diferencia.

¿Qué elementos hacen que confíes en Multicompany como partner en tus obras?
Primero que todo, en general veo que trabajan con marcas de buena calidad, lo cual ya es un buen punto de partida. Como comentábamos antes, he tenido la suerte de ser invitado a conocer algunas fábricas, y aunque a veces esas invitaciones pueden parecer solo viajes “bonitos”, en realidad tienen un gran valor: te permiten conocer el producto desde su origen, entender su materialidad, su proceso de fabricación y evaluar de primera fuente su calidad.
En esas visitas me ha tocado ver de todo. Algunas fábricas realmente impresionan: uno ve que no solo el producto luce bien, sino que todo el proceso detrás es sólido, profesional y de alto estándar. Eso genera confianza. Pero también me ha pasado lo contrario: ver procesos más artesanales o con niveles de calidad cuestionables, que hacen que uno, simplemente, ya no se convenza del producto.
Por eso, este tipo de experiencias son clave. Porque no se trata solo de lo que el producto aparenta, sino de lo que hay detrás, de su consistencia y calidad real. Y en ese sentido, creo que Multicompany trabaja con marcas que entregan esa tranquilidad, porque al conocer cómo están hechas, se confirma que realmente son marcas confiables y de buena calidad.

¿Qué crees que viene para el futuro de la industria de la salud?
No sé con certeza qué es lo que viene, pero sí sé que estamos en constante búsqueda de eso que viene. Como decía antes, lo que pasa en Aarqhos me mueve profundamente, porque se trata justamente de eso: de una búsqueda permanente.
En este momento estamos desarrollando un seminario nuevo, armando un anuario y ya proyectando el congreso del próximo año. Y todo ese trabajo tiene un mismo propósito: explorar los desafíos que se aproximan y anticipar los temas que van a marcar el futuro de la arquitectura en salud.
Uno de los focos que estamos abordando ahora es la arquitectura para el dolor y la salud mental. Nos interesa pensar en proyectos orientados a personas que, sin estar hospitalizadas, pasan gran parte de su vida en el hospital: pacientes ambulatorios, que acuden regularmente a centros de salud para tratamientos como quimioterapia o diálisis, o que asisten a unidades de salud mental. Son personas que pueden pasar horas y horas en estos espacios, y justamente por eso, su experiencia dentro del hospital debe ser lo más cuidada y reparadora posible.

¿Qué legado te gustaría dejar en este campo, en el área de la salud?
Más que pensar en un legado personal, creo que ya hemos trascendido a una segunda generación. Mi padre llegó a Chile en 1983 y fundó esta oficina. Es ampliamente reconocido a nivel nacional como una de las personas que ha dedicado toda su vida a la arquitectura hospitalaria.
En mi caso, trabajamos juntos durante 20 años, y hoy sigo con la oficina como parte de esa continuidad familiar. Creo que nuestro nombre se ha ganado un lugar en este mercado, y me gustaría que así siguiera siendo en el futuro. Ojalá se logre una continuidad aún mayor, aunque claro, es una empresa familiar y eso tiene sus propios ritmos. No voy a imponerle a mi hijo que sea arquitecto o que continúe con esto, pero si así sucede, será maravilloso. El destino lo dirá.
Las empresas familiares tienen algo muy especial: permiten una relación distinta entre sus miembros. Yo, por ejemplo, de niño me relacionaba más con mi mamá, pero luego, al empezar a trabajar con mi papá, esa dinámica cambió completamente. Estuvimos 20 años trabajando juntos, viéndonos todos los días, y logramos entendernos muy bien. Fue una experiencia enriquecedora y muy bonita.
Sé que no siempre es así, y que en muchos casos trabajar con la familia puede ser difícil. Pero yo tuve la suerte de que con mi papá nos complementamos y conectamos profundamente a través del trabajo, lo que convirtió esa etapa en algo muy valioso para mí.
