Hay momentos donde la arquitectura trasciende lo estético y se convierte en una herramienta para sanar. Eso le ocurrió al arquitecto Pablo Redondo, quien, tras una crisis profesional, encontró en la neuroarquitectura una forma de diseñar con propósito real.
Socio director de OARQUITECTOS y fundador del Instituto de Neuro Arquitectura y Diseño (NAD). Director de ANFA para Latinoamérica, arquitecto de la PUCV y Magíster en Innovación (UAI). Suma 25+ años de experiencia y 150+ proyectos en Chile y EE. UU. Hoy lidera proyectos donde la salud mental, el bienestar y la ciencia se entrelazan para transformar espacios y vidas. En esta conversación, hablamos de su trayectoria, de cómo el diseño puede reducir el estrés severo y de por qué su mirada humanista está dejando una huella en el rubro.

¿Cómo llegaste a especializarte en el rubro de la neuroarquitectura?
En algún momento de mi vida tuve una crisis profesional. Me di cuenta de que lo que estaba haciendo carecía de propósito. Nuestro objetivo como oficina era hacer proyectos lindos, salir publicados, ganar premios… pero eso no provocaba nada más. Era solo alimento para el ego. Sentí que debía haber algo más.
Comencé una búsqueda personal y fue ahí cuando escuché la palabra healing, relacionada con sanación. Empecé a investigar y estudiar el burnout o estrés severo, y me di cuenta de que las personas se están enfermando en los espacios que diseñamos. El estrés puede llevar a enfermedades graves o incluso a la muerte. En ese proceso conocí ANFA (Academia de Neurociencia para la Arquitectura) en Estados Unidos. Así fue como llegué a la neuroarquitectura: de una crisis, a un propósito… y luego a la acción.

¿Cómo definirías tu estilo o sello?
No tengo un estilo visual definido. Cada proyecto se diseña para un cliente distinto. Lo que sí te puedo decir es que somos una empresa curiosa, que busca ir a la vanguardia, hacer cosas distintas y evitar repetir fórmulas. Siempre intentamos pensar qué es lo más adecuado para el cliente y cómo dar un paso más allá. La vanguardia no tiene estética aún: esa se define en el proceso, junto con el cliente.
¿Cuál consideras que ha sido el proyecto más representativo de tu carrera?
Es difícil responder esa pregunta. Sería injusto con todos los proyectos anteriores. Es como preguntar quién es tu hijo favorito. Cada proyecto ha tenido su momento y su valor. Pero si tengo que decir algo, diría que el proyecto más emblemático es el que viene. Porque siempre estoy mirando hacia adelante.

¿Qué es lo más desafiante o satisfactorio de trabajar en neuroarquitectura?
Lo más satisfactorio es saber que puedo provocar un cambio real en la vida de las personas. Tengo las herramientas para crear espacios que mejoran la calidad de vida. Y no me refiero solo al bienestar, sino a revertir el estrés severo. Hoy en día, por ejemplo, ver que un cliente disminuyó su ausentismo laboral en un 30% gracias al diseño del espacio me llena de felicidad. Me emociona ver que los materiales, la luz, los recorridos, están interactuando con las personas.
¿Qué errores comunes se cometen en este tipo de proyectos?
Uno de los errores más frecuentes es malinterpretar la neuroarquitectura. A veces se usa como una etiqueta de marketing, sin entender lo que realmente significa. He visto proyectos que abusan de la luz natural pensando que siempre es buena, pero el exceso puede ser muy dañino.
La neuroarquitectura no es una herramienta comercial. Es una disciplina que se estudia y se entiende profundamente. Si no se maneja bien, se puede sobreestimular el espacio y generar un efecto negativo.

¿Qué consejo le darías a un arquitecto que está empezando su carrera?
Primero que todo, les diría que se empleen, que trabajen en una empresa. Ser independiente es difícil si no tienes experiencia. Las escuelas entregan una buena base, pero muchas veces los contenidos están desactualizados frente a cómo avanza el mundo.
Además, es clave fortalecerse emocional y profesionalmente. Hoy veo gente muy frágil. Para enfrentar clientes, jefes, proyectos, crisis o una obra, necesitas carácter. Mi consejo es: estudia más, trabaja, aprende, y cuando estés preparado, lánzate.
¿Qué valoras al elegir proveedores o aliados?
Por supuesto, la calidad del producto es esencial, pero eso no basta. Muchas empresas ofrecen productos similares. Lo que más valoro es la confianza: saber que te van a contestar el teléfono, que van a estar ahí si algo falla, que son partners, no solo vendedores. Me importan las relaciones a largo plazo.

¿Qué elementos hacen que confíes en Multicompany como partner en tus obras?
Multicompany tiene productos de calidad superior, eso es innegable. Pero lo que realmente valoro es la relación que hemos construido. Hemos pasado por proyectos complejos, algunos con problemas, otros sin, y siempre los hemos resuelto juntos. No es solo una empresa que vende productos; es una empresa que vende experiencias, calidez y humanidad. Eso hace toda la diferencia.
¿Qué crees que viene para el futuro de la industria en neuroarquitectura?
Hasta ahora, nos hemos centrado en cómo los estímulos externos afectan nuestro cuerpo: el estrés, los ciclos circadianos, etc. Pero lo que viene es mucho más profundo: la cognición. Estamos empezando a estudiar cómo los espacios afectan el desarrollo de la creatividad, la atención y otras funciones cognitivas.
También está cobrando fuerza la inclusión y la neurodiversidad. Son temas muy relevantes que van a influir profundamente en cómo diseñamos de aquí en adelante.

¿Qué legado te gustaría dejar en este campo?
No me gusta hablar de legado porque suena soberbio. Pero si tengo que decir algo, me gustaría que se reconociera que, gracias a la neuroarquitectura, he podido ayudar a muchas personas a través de proyectos pro bono.
Hoy trabajo con la Fundación de Otros Hijos, con María Ayuda y hospitales como el Calvo Mackenna, en áreas psiquiátricas o casas de acogida para niños con cáncer. Si algo puedo dejar, me gustaría que sea eso: generosidad. Me encantaría que más arquitectos y profesionales aprendan a ser generosos con su conocimiento, su tiempo y su trabajo.